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Ciencia y Fraude:

El Hombre de Miramar.

 

Por Eduardo Tonni, Ricardo Pasquali y Mariano Bond. Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata - Universidad Tecnológica Nacional. Fragmento del articulo publicado en la revista Ciencia Hoy, Mayo 2001.

 

Después de que en 1891 el joven anatomista holandés Eugène Dubois descubriera al hombre de Java –que llamó Pithecanthropus erectus–, se intensificó en todo el mundo la búsqueda de fósiles de los ancestros del ser humano moderno. Entre 1908 y 1912, un jurista, anticuario, coleccionista y geólogo amateur llamado Charles Dawson encontró restos de, aparentemente, el cráneo de un ser humano prehistórico en Piltdown Common, en Sussex, al sur de Inglaterra. Se los llevó a Arthur Smith Woodward, paleontólogo del British Museum, quien anunció en una reunión de la Geological Society de Londres, en diciembre de 1912, el descubrimiento de un nuevo antepasado del hombre, al que denominó Eoanthropus dawsoni, que habría vivido entre 0,8 y 3,7 millones de años atrás. Durante las cuatro décadas siguientes, el hombre de Dawson o de Piltdown fue aceptado como un descubrimiento genuino e incorporado al árbol evolutivo de los seres humanos. Se lo consideró una posible alternativa al Pithecanthropus como ancestro del hombre moderno. Pero, desde 1930, más hallazgos de Pithecanthropus, el descubrimiento del más primitivo Australopithecus y nuevos ejemplos del hombre de Neanderthal dejaron al hombre de Piltdown completamente aislado en la secuencia evolutiva. Entonces sucedió que estudios minuciosos de las piezas, incluidos análisis químicos y cristalográficos, entre otros, demostraron en 1953 y 1954 que se trataba de un fraude, ya que el cráneo pertenecía a un ser humano relativamente moderno (de no más de 50.000 años) y la mandíbula, deliberadamente adulterada para darle apariencia de fósil, era de un gran mono actual, posiblemente un orangután. Con ello, la trayectoria de la evolución humana quedó limpia de una inexplicable anomalía en el registro fósil. Los métodos utilizados para detectar la falsificación fueron explicados en el boletín del museo de Historia Natural de Londres. Nunca quedó claro quién perpetró el fraude, si Dawson, Woodward, ambos o un tercero. Hasta se mencionaron, entre otros, los nombres de Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, que vivía en la región y se interesaba por fósiles, y del paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin, que había acompañado a Dawson y Woodward en alguna excavación que realizaron juntos. Quienes estudiaron el episodio, sin embargo, parecen coincidir en que no se trató de una broma que se le fue a alguien de las manos sino de un deliberado intento, preparado con la minuciosidad necesaria para que pudiese resistir el análisis científico, de tergiversar la historia evolutiva de la especie humana. El episodio de Piltdown sin duda entorpeció el reconocimiento de la importancia de los hallazgos de fósiles realizados en África.

No mucho tiempo después de este suceso, se comenzaron a encontrar antiguos restos humanos en los alrededores de Miramar, en el sur de la provincia de Buenos Aires. El autor de esos hallazgos era un inmigrante genovés radicado en Necochea llamado Lorenzo Parodi (ver recuadro). En septiembre de 1912, las autoridades de la universidad de La Plata preguntaron a Luis María Torres, profesor de esa casa, si durante las vacaciones convenía realizar tareas de campo. Este contestó afirmativamente e indicó que, por la posibilidad de lograr ricas y numerosas colecciones antropológicas y observaciones estratigráficas, sería oportuno hacerlo en Miramar, Monte Hermoso y Valcheta. Con Torres colaboraba el jefe de paleontología del Museo Nacional de Buenos Aires (actual Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia), Carlos Ameghino, hermano de Florentino e interesado en continuar los trabajos de este sobre la antigüedad del hombre en la Argentina.

Las labores de campo tuvieron lugar en Miramar en el verano de 1912-1913. Contaron con el apoyo de Ángel Gallardo, desde hacía poco director del Museo Nacional. Gallardo y Ameghino contrataron a Parodi para que reiniciara trabajos de exploración de la costa atlántica, que ya había realizado para F. Ameghino y que habían arrojado varios descubrimientos. Le ofrecieron un sueldo mensual de 200 pesos moneda nacional, el 70% del de los encargados de las colecciones de entomología, botánica y arqueología del museo de Buenos Aires. En 1914, por invitación de Torres y C. Ameghino, una comisión científica viajó a Miramar para inspeccionar los sitios donde Parodi había hecho sus descubrimientos. La integraban Santiago Roth, jefe de paleontología del museo de La Plata y director de geología y minas de la provincia; Lutz Witte, geólogo de la dirección de geología y minas; Walter Schiller, jefe de mineralogía de dicho museo, y colaborador de la dirección nacional de minas y geología, y Moisés Kantor, jefe de geología del mismo museo.

La comisión debía ocuparse de dos cuestiones: (a) determinar si los objetos encontrados lo fueron en posición de yacimiento primario, es decir, si habían sido cubiertos en el tiempo en que se depositaron las respectivas capas, o si existía alguna razón para pensar que hubiesen sido enterrados en tiempos posteriores a la formación de los depósitos; (b) establecer la posición estratigráfica de las capas en las que se hallaron los objetos. El primer sitio que inspeccionó se encontraba a unos 5km al nordeste de Miramar, en dirección a Mar del Plata, en la barranca costera; allí halló varios artefactos líticos, entre ellos una bola de boleadora y un cuchillo de sílex. Las piezas indicaron que el hombre habitaba el sur de la provincia de Buenos Aires desde, por lo menos, dos millones de años atrás. Los expertos concluyeron que no había motivo para suponer que [los objetos hallados] hubiesen sido enterrados [...] en tiempo posterior a la formación de la capa; que se encontraban en posición primaria y que por lo tanto deben considerarse como objetos de la industria humana, contemporáneos al piso geológico en que se hallaron depositados.

En 1918 C. Ameghino publicó un artículo en la revista Physis en el que planteó algunas dudas. Expresó que Parodi había descubierto los yacimientos y asimismo hallado todas las piezas. Se refirió a un nuevo yacimiento encontrado en 1917, en las proximidades de punta Hermengo, con una antigüedad de entre quinientos mil y algo más de 1,8 millones de años. Los materiales que contenía estaban en sus estratos superiores, de hace entre 8000 y 130.000 años. Entre los objetos, en su mayoría de hueso, había bolas de boleadora muy toscas pero semejantes a más recientes de piedra, con un surco medio para sujetarles tientos. También había unos “cuchillos” (raederas) de piedra cuarcita semejantes a los pampeanos de hace unos 1400 años, sumamente frecuentes en yacimientos de superficie en los médanos de la costa atlántica. En un área que luego se conocería en la literatura como barranca Parodi, un sector de los acantilados costeros ubicado unos 4,5km al norte de la desembocadura del arroyo Durazno, en el éjido urbano de Miramar, se encontró un famoso fémur de mamífero extinto (de un toxodonte) con un proyectil de piedra incrustado.

Varios detalles condujeron a la sospecha de fraude. Milcíades Vignati, en “Descripción de los molares humanos fósiles de Miramar”, artículo publicado en 1941 en la revista del museo de La Plata (nueva serie, 1, 8:271-358) señaló: En general no se han encontrado esquirlas provenientes de talla, ni tampoco núcleos [...] Sin embargo ha sido relativamente frecuente hallar percutores. Se podría pensar que alguien se tomó la precaución de enterrar, no todos los restos de un taller, tan frecuentes en superficie, sino solo piezas que, por su volumen, podían ser fácilmente encontradas. Vignati también observó que junto a piezas monofaciales de cuarcita se encontraron objetos (como bolas de boleadoras) trabajados a la martellina hasta llegar a [estar] finamente pulidos. Tales bolas de boleadoras, acotó, no se diferencian de las que usaron los indígenas y gauchos de las llanuras argentinas. Los instrumentos de hueso hallados en el lugar consistían en fragmentos con un extremo pulido. A pesar de ello, Vignati sostuvo que los testimonios de los hombres de ciencia que presenciaron la extracción de los objetos excluyen toda duda.

Sin embargo, el geólogo Guido Bonarelli, que también visitó el área, dijo que esos objetos no están en posición primaria, como además de otras razones lo prueba la igualdad de esa industria con la que se encuentra en los paraderos superficiales de la misma región (Physis, 4:339, 1918). Agregó que piezas extraídas en su presencia acusaban con la mayor evidencia, haber sido incrustados en dicho terreno, forzándolas en agujeros previamente preparados (Physis, 7:277-398, 1924). Uno de los mayores críticos de las teorías de F. Ameghino sobre la antigüedad del hombre en la Argentina y, por lo tanto, también de la difusión de estas ideas que realizaba su hermano Carlos, fue el sacerdote José María Blanco. En un artículo publicado en Estudios (“Las bolas de Parodi, ¿serán bolas?”, 22:31-35, 1921), calificó a los hallazgos de farsa y mistificación, y exigió que la comunidad científica tomara posición en el asunto. Al poco tiempo, el arqueólogo sueco Eric Boman, encargado de la colección de arqueología en el Museo Nacional, publicó en la Revista Chilena de Historia y Geografía el trabajo “Los vestigios de industria humana encontrados en Miramar y atribuidos a la época terciaria” (39:330-352, 1921), en el que criticó los hallazgos de industria humana realizados a partir de 1913 en los estratos terciarios de Miramar. Boman relató un episodio que le había contado Bonarelli, sucedido cuando este examinaba las barrancas de Miramar acompañado por Parodi. Habían encontrado un sílex cuyo extremo posterior afloraba en la pared de la barranca. Bonarelli se puso a excavar la pieza con las manos y advirtió que estaba rota por el medio, con la fractura completamente fresca. Poco tiempo después viajó Parodi a Buenos Aires y Boman lo interrogó sobre el asunto delante de C. Ameghino. Explicó que, en efecto, había encontrado el sílex muy saliente de la barranca y que lo hizo entrar más, con un golpe, pues temía que alguna marejada fuerte lo desprendiera del lugar donde estaba incrustado. Otro geólogo, Moisés Kantor, firmante del acta que convalidó los hallazgos, cambió de parecer y manifestó hoy tengo mis dudas al respecto.

En la nota publicada en Chile, Boman escribió: No tengo ningún motivo personal para dudar de la honestidad de Parodi pero, generalmente hablando, la intervención en descubrimientos de esta clase de una persona de sus condiciones, a la que es imposible que guíen intereses científicos, sino solamente los intereses pecuniarios y la conservación del empleo, no puede sino infundir sospechas de una superchería posible. En cuanto a la cuestión de dónde se podía conseguir los objetos [...], es este un problema de fácil solución: a una legua de los hallazgos existe un “paradero” de indios, superficial y a toda vista relativamente moderno –tal vez de cuatro o cinco siglos de edad– donde abundan objetos idénticos a los encontrados. Sin embargo, ciertos estudiosos, como Joaquín Frenguelli, aceptaron desde los comienzos la veracidad de los hallazgos, aun reconociendo determinados hechos que parecían apuntar en el sentido contrario, como las bolas de boleadoras pulidas y con surco ecuatorial, que parecían haber sido talladas mediante un recurso que, en Europa, recién aplicaron más ampliamente los neolíticos.

En el acta de constatación que levantó y firmó la mencionada comisión constituida por Kantor, Roth, Witte y Schiller –invitada al sitio de Miramar por C. Ameghino y Torres–, también se pueden encontrar algunas pistas. Sobre el yacimiento Barranca Parodi escribieron los nombrados: la piedra redonda en forma de boleadora, que fue sacada en la presencia de la comisión, no presenta ninguna señal de haber sido trabajada por el hombre. Y luego: El cuchillo de sílex estaba desprendido de la tierra, pero se conocía el sitio donde había estado colocado. Y más adelante: Cavando para destapar los huesos, se descubrió [...] en presencia de la comisión, otra piedra redonda asociada a restos fósiles. En suma, constató una piedra sin signos de trabajo, un cuchillo de sílex cuya procedencia se ignoraba y, cuando hizo excavar para destapar restos fósiles (cosa que no era su cometido), dio con una piedra redonda asociada a restos fósiles. Años después, Kantor pretendió desvincularse de lo que firmó.

En 1923, C. Ameghino se alejó por razones de salud del museo de Buenos Aires, del que en ese momento era director interino, además de jefe de paleontología. El año siguiente, cuando era director del museo Martín Doello Jurado, Parodi fue trasladado a Buenos Aires, donde siguió como empleado de la institución hasta su muerte. Los frecuentes hallazgos de Miramar se dejaron de producir. Los acantilados de la costa atlántica continuaron siendo escenario de recorridos por parte de numerosos investigadores y coleccionistas aficionados, tanto del país como del extranjero, pero no se encontraron más artefactos, excepto algunos de índole dudosa aparecidos en la década de 1930.

La evidencia que se tiene en este momento, resumida en los párrafos precedentes, inclina a pensar que los curiosos hallazgos de Miramar, en sedimentos de gran antigüedad, constituyeron otro caso de fraude científico. No se tiene certeza, sin embargo, acerca de su autor o autores. ¿Fue Parodi el responsable? ¿O alguien le jugó una broma, como era común, por otra parte, en el medio rural en la época? Quizá nunca lo sepamos, de la misma forma que no sabemos si Dawson ideó el fraude de Piltdown o fue él mismo engañado.

Es curioso que el fraude no hubiese sido descubierto en seguida. Más aún, que personalidades como Frenguelli o Vignati defendieran el valor científico de los hallazgos. En esto seguramente influyó la actitud de triunfalismo nacionalista que imperaba en la Argentina en las primeras décadas del siglo XX, como lo pusieron en evidencia los festejos de 1910. Tanto la literatura como la ciencia estaban entonces envueltas en un clima de fervor patriótico, que llevaba a celebrar con satisfacción las hipótesis de F. Ameghino acerca del origen sudamericano de diversos linajes de mamíferos, incluido el hombre. Como si se tratara de una gesta guerrera o de dirimir superioridad deportiva, causaba satisfacción la elaboración de Ameghino, que se veía como la merecida respuesta a la incipiente teoría holarticista, difundida a partir de 1915 por el paleontólogo canadiense William Diller Matthew, según la cual los linajes de animales y vegetales se originaron en el hemisferio norte y se dispersaron desde allí a un hemisferio sur vacío. No es de extrañar, entonces, que los hallazgos de Parodi hayan sido aceptados sin mayor análisis crítico.

Hoy el asunto se ha olvidado. Los investigadores actuales no parecen estar interesados en él. Desapareció de la exhibición pública en el museo de Ciencias Naturales. A diferencia del caso Piltdown, acerca del cual los académicos siguen discutiendo y procurando despejar las dudas, el hombre de Miramar fue escondido y olvidado. ¿Será por vergüenza? ¿O por no perjudicar a figuras sagradas de la ciencia local? Pero, como en muchas otras actividades, la actitud del avestruz no es la mejor política, ni contribuye al crecimiento científico y cultural del país.

 

Agradecimientos

Los autores agradecen la colaboración de Roberto R. Romero y Rubén Oscar Gayol, secretario general y jefe del departamento de Despacho y Archivo, respectivamente, del Museo Argentino de Ciencias Naturales.

Lecturas sugeridas

DAINO, L., 1979, “Exégesis histórica de los hallazgos arqueológicos de la costa atlántica bonaerense”, Prehistoria Bonaerense, 95-195.
MILLAR, R., 1998, The Piltown Mystery. The story of the World´s Greatest Archaeological Hoax, Sb Publication, Seaford.
SPENCER, F., 1990, Piltdown. A Scientific Forgery, Oxford University Press, London.

 

 

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